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miércoles, 10 de febrero de 2010

EL HORROR, EL HORROR



Ya he dicho una y mil veces que no practico el cine de terror. Por muchos motivos, pero sobre todo por uno bien sencillo: porque me da miedo, provoca la parálisis de mis miembros, me sugiere pesadillas encadenadas y me proporciona noches en blanco. Así que, con la osadía que da el desconocimiento, yo juraría que The Road es una película de terror. No porque se trate de un filme apocalíptico, que sí. No por la angustia que provoca (a mí al menos) contemplar el terrible espectáculo del ser humano reducido a su mínima expresión (la de animal que lucha por sobrevivir, comer, dormir, aguantar, olvidando códigos morales y éticos, obligado a deshacerse de educación y sentimientos, forzado a poner todas sus energías e intelecto en pasar otro día sin importar los medios, sin reparar en daños, como El Pianista, como -de alguna manera- Hijos de los hombres), que también. No. The Road me pareció por momentos una peli de miedo de género (la secuencia de la 'mansión caníbal tardará mucho tiempo en borrárseme de los laberintos del cerebro), de esas que te revuelven en la butaca, que te encogen, que te hacen casi taparte los ojos y gritar varios mudos 'ay, no, no, no'. Han pasado ya algunos días desde que la vi y no me la quito de la cabeza. Tan contenida que resulta aún más desasosegante. Tan fría que la inquietud se dispara. Sobrecogedora y brutal. Pero lo que me vuelve una y otra vez -amén de la perfecta fotografia del señor Aguirresarobe y de la ídem música, as usual, del infalible tándem Cave&Ellis- es Viggo. Viggo que es ira, amor, odio, desamparo, tristeza, derrota, horror, pavor, miedo, piedad, compasión, pérdida, ternura, tesón y qué sé yo cuanto más. Sin rastro de histrionismo. Apabullante.


Nota a pie de página:

Sin hacerle un feo a nadie, el otro día vi que dos habitantes de Lucca se habían enchufado en algún momento a mi blog. Me dio un ataque de contentura. Lucca es uno de mis lugares favoritos del mundo que conozco.