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lunes, 5 de enero de 2009

LA COSA NOSTRA


La cosa es suya. Claramente.

Tres de las mejores películas que he visto últimamente eran sobre la mafia.
No creo en las casualidades.
Las tres eran italianas.
Sigo sin creer en las casualidades.

Parece que una cosa y la otra fueran de la mano.
Parece que el nuevo cine italiano es la gran esperanza del cine europeo.

Los italianos inventaron la mafia y de ahí el término y las maneras se exportaron al resto del planeta. Así que si hay alguien con autoridad para hablar sobre el crimen organizado son ellos.
Los italianos, pocos meses después de que los Lumière se sacaran de las mangas una de las mejores cosas de la historia, realizaron su primer rodaje. Ahí arrancó una historia que ya está escrita en letras de oro, plagada de nombres esplendorosos, de películas magistrales y de un estudio -la Cinecittá- mítico. Así que si hay alguien con autoridad para salvar al cine europeo con ellos.

Coinciden en cartelera tres películas italianas que, en mayor o menor medida, tienen como protagonista a la mafia. Las tres, cada una en su estilo, cada una a su manera, grandiosas. De Gomorra, ya he dicho suficiente. Así, que como dirían allí, "e basta".

De Romanzo Criminale podría decir que recuerda en su forma a La mejor juventud (la primera parte, que la segunda aburre y mucho) y en su fondo a Ciudad de Dios: una especie de miniserie que teje una historia poderosa alrededor de unos cuantos personajes. De Il Divo podría decir que el retrato que traza de Andreotti es escalofriante, por mucho o poco que tenga de caricaturesco. Pero diré que ambas son soberbias y que hay que verlas por mucho que dejen en el aire una cierta desolación: la de estar viendo un cáncer que parece perpetuarse sin remedio.


Notas a pie de página:
Feliz feliz feliz año a todos los que pululáis por aquí.

lunes, 17 de noviembre de 2008

HONESTIDAD BRUTAL

Antes de ver Gomorra se sabe lo que se sabe: que es una película sobre la camorra (la mafia napolitana), que está basada en un libro de Roberto Saviano (amenazado de muerte por la hazaña), que dista mucho de las películas de mafiosos al uso (esas que tanto nos gustan, tan glamourosas, tan elegantes, con una violencia tan estilizada y con unos personajes que tienen su aquel, llámesele encanto, elegancia o épica). Antes de ver Gomorra no se saben algunas cosas: si Roberto Saviano se infiltró o no en la camorra, o si se limitó a investigar, a husmear y a recoger testimonios de primera mano; las razones por las cuales este hombre que debería desaparecer de la faz de la tierra se expone a conceder entrevistas y a fotografiarse en el estreno de la película basada en su libro; dónde exactamente fue rodada la película y en qué condiciones.

Después de ver Gomorra, uno tiene la sensación de haberse acercado por primera vez y de verdad a la realidad de una organización mafiosa. Mateo Garrone rueda sin artificios, sin trucos, sin juegos. Crudeza en todos los sentidos. Una violencia que no se regodea, que no se detiene, que no busca impactar. Unos personajes que son lo que son, ni se juzgan, ni se idealizan. Unos métodos, los de la mafia, a veces tan chuscos que resultan casi cómicos, por no decir patéticos. Chavales que juegan a ser mafiosos, mafiosos que son chavales. Scarface en la memoria, pero sólo como un espejismo al que parecerse. Porque hay que ser duro, hay que matar, hay que disparar. No hay glamour ni en el fondo, ni en la forma. Por primera vez, insisto. Y es de agradecer. Puede que la película sea farragosa, puede que algunas de las múltiples historias que se documentan no se entiendan, puede que se haga larga, puede que de entre toda la realidad se haya escogido lo más cinematográfico -los adolescentes kamikazes, el niño atrapado...-. Pero da igual. El caleidoscopio resultante es esclarecedor y real. Todo el mundo trapichea. Con lo que puede. Con lo que le dejan (ya sean drogas, trapitos o vertidos tóxicos). Algunos se ven metidos ahí casi sin querer, otros fuerzan la máquina hasta las últimas consecuencias.
La película es demoledora. Y deja una sensación brutal. Sin casi buscarlo, sin parecer pretenderlo. No hay ni una rendija de emotividad, ni un atisbo de sensiblería, ni un ápice de moralina. Y podría. El director podría habernos hecho llorar, habernos indignado, habernos obligado a bajar la mirada horrorizados ante un festival de casquería. Podría. Pero no. Sólo hiela la sangre.