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martes, 27 de enero de 2009

INTENTO FALLIDO


Lo que más me gusta de las pelis de Truffaut es que es tan innecesario como imposible hablar de ellas. He vuelto a ver El niño salvaje. Esta vez en pantalla grande. (Me sucede en el cine lo que a los coleccionistas de música. Ellos dicen: hay que tenerlo en vinilo -ver el maravilloso documental Scratch-. Yo digo: hay que verlo en el cine. En una sala de verdad).
Las películas de Truffaut, las que he visto, no todas, ni de lejos, ni siquiera la mayoría, hablan de muchas cosas, sugieren, emocionan y te llevan. Sin artificios, imposturas, ni sobeteamientos. Todo está ahí. Y tan sutil, y tan claro, y tan sincero, y tan conmovedor, y tan tierno, y tan duro. Todo a la vez. Así que no encuentro manera, no hallo el conducto adecuado, las palabras mágicas. Ni falta que hace.
Una y otra vez las películas del francés resisten la inclemencia del dictatorial paso del tiempo. Década tras década aguantan. Incólumes. Están y estarán porque son de verdad. Hay demasiado ahí para ventilárselo en unos párrafos o para colgarle alguna reduccionista etiqueta como la de la Nouvelle Vague (movimiento tan necesario en su momento como, ahora, a mí me parece casi olvidable, si no fuera por la inevitable nostalgia).