
Un amigo de una amiga había conseguido una beca en Estados Unidos. Tenía que decidir si disfrutarla (la expresión "disfrutar una beca" me provoca tanto asco como placer) en Nueva York o en Chicago. Si bien su opción primera y favorita era la Gran Manzana, Chicago le intrigaba y atraía a partes iguales. En su afán por tomar la mejor de las elecciones, decidió acometer un intensivo visionado de películas (todas las que pudiera) ambientadas en Chicago. Esto me lo contó un día que nos chocamos en Callao. Observé que de su mano colgaba una bolsita de la Fnac. Y pregunté si su contenido formaba parte de la investigación de campo. Afirmativo, respondió. Me dijo: "bueno, la he comprado sólo porque transcurre allí, en realidad es una tontopeli". Esto me lo dijo mientras yo ya le había arrebatado el saquito de plástico. Saqué la cinta en cuestión. Era Todo en un día. Estuve a punto de hacer que se comiera con envoltorio y todo el dvd (lo de hacerle tragar sus palabras me parecía demasiado metafórico, un castigo suave). ¡Por Ferris Bueller! ¡Viva Matthew Broderick! ¡Penita John Hughes!
(Y, por cierto, sí, mi involuntario protagonista de hoy terminó yéndose a Chicago).