Mostrando entradas con la etiqueta schrader. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta schrader. Mostrar todas las entradas

sábado, 11 de julio de 2009

SAL DE FRUTAS


Me encontré con Mishima por primera vez en el año 92. Confesiones de una máscara. Guardo intacta la profunda sensación que me produjo. La del deslumbramiento. La de descubrir un tipo poderosamente dotado para la literatura y para la locura. El lado más oscuro del corazón. Y, oh, tan bien escrito. Eso fue lo primero, lo mejor: la facilidad con la que las frases perfectas fluían, la docilidad con la que las palabras se cuadraban a las órdenes de este iluminado. Después vinieron El color prohibido, Después del banquete, El marino que perdió la gracia del mar, Caballos desbocados, La perla y otros cuentos. Y Mishima o la visión del vacío, de la Yourcenar. Aún está en mi estantería de lecturas pendientes Sed de amor. Anoche fui a ver Mishima: una vida en cuatro capítulos, de Paul Schrader (1985). Casi por imposición. No la recomendaría a nadie. Puede resultar indigesta -cuando no directamente atragantarse- desde el minuto diez (y dura 120). Y por muchos, quizá demasiados, motivos. Pero yo entré. Y ahí me quedé. A pesar de lo pretencioso, lo kistch, lo intelectualoide, lo requetesobado, lo preciosista y lo arte y ensayo que, sí o sí, la película de Schrader es. Me reencontré con ese personaje tan magnético como grimoso, tan genial como absurdo, tan extremo como impostado, tan misterioso como patético, tan seductor como odioso. Redescubrí ese posturitas de la vida que, en la tesis sostenida por Schrader, diseñó su vida como si de una obra de teatro se tratara tal era su obsesión por la estética, el arte y la belleza. Mishima, la película, está al filo de lo insoportable, se sitúa en los márgenes de lo ridículo, se asoma al abismo del exceso. Pajerilla. Durita de cojones. Como el propio Mishima. Por todo esto, debería haber salido con la cabeza echando humo de los cines Verdi (los mejores de Madrid, sin duda alguna), pero por algún extraño e inexplicable motivo ganó la fascinación al horror. Eso sí, lo próximo es Kevin Smith, portodoslossantos.



Hace un par de años tuve la feliz idea de ir a Bruselas de vacaciones (muy cortas, afortunadamente). Me vi allí en la más absoluta de las soledades. No era el plan previsto, pero la compañía esperada hizo una espantada de última hora (lo malo de ser tan sumamente comprensivo con este tipo de actos es que acaba uno siendo constante víctima de un extenso catálogo de desplantes y cuelgues. El resultado son aventuras en solitario de ayer y de hoy. Fin del paréntesis). El caso es que aparecí allí, en pleno invierno. Un viento hipohuracanado. Lluvia. Mucho gris. Y caras largas. Me resultó un lugar desolador. Deambulando por calles que se apagaban a las cinco de la tarde y echaban el cierre a las nueve de la noche. Lo único que me mantuvo en vida fue un maravilloso cine próximo al catrehotel en el que me alojaba. Un montón de salas en V.O. Vi American Gangster y La noche es nuestra. Y un día, de esos en los que ya había pateado lo indecible, la cartelera estaba expoliada y seca, y el maldito viento amenazaba y mucho con llevarme un poco más al norte, me topé (bendito encontronazo) con una pequeña sala. Antigua. Rojos y dorados. Ponían Paranoid Park. Me metí. Creo que es uno de los cines más bonitos que he pisado en mi vida. Se estaba tan bien que casi me daba igual que la última genialidad de Gus Van Sant (con quien mantengo una intensa relación amor-odio) fuera o no una mierda. Y, bueno, me salvó la tarde. Paranoid Park es como Gerry, de mirar y de sentir. Si cierro los ojos, aún puedo visualizar imágenes de skaters al no ritmo de Elliot Smith. Nada más. Secuencias largas de nubes, de monopatines, de rostros adolescentes. La recuerdo perfectamente hermosa, perfectamente plácida (a pesar del incidente que las sinopsis ya se han encargado de destripar), perfectamente lenta, perfectamente emocionante. Y es otra que no recomiendo. Puede indigestarse, también, a la mínima de cambio. Con bastantes menos razones que Mishima, eso sí.