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martes, 14 de agosto de 2012

HASTA EL INFINITO... ¡y más allá!


Los años bisiestos arrastran una pésima fama... Son temidos cual plaga. En años bisiestos se hundió el Titanic, se asesinó a Martin Luther King, a Lennon y a Gandhi, empezó el horror de Auschwitz, estalló la Guerra Civil y se inició el conflicto entre Irán e Irak, se inauguró el Facebook... Annus horribilis... Pero también, también, los años bisiestos son los años de los Juegos Olímpicos. Sólo por eso, quedan más que redimidos.

Nunca he entendido a quienes no enloquecen con los JJ.OO.
Yo no sólo me vuelvo del revés, sino que, cuando acaban, tengo una profunda depresión postolímpica. Mis tardes se llenan de nada. Con lo gustoso que era enchufar el televisor y que hubiera gente haciendo cosas, lo que fuera... Ahora ya no puedo planificarme los días en torno a un calendario pulcramente cronometrado, ni sorprenderme viendo deportes absurdos (este año, he quedado fascinado con la visión de una prueba ciclista llamada sprint, en la que dos tipos están como cortejándose, me acerco, te olisqueo el culo, me separo, voy, que no, que sí, que me arranco, que te lo has creído... Una cosa loquísima total y verdaderamente freak), ni quedarme horas bicheando en Google buscando estadísticas y datos que mi cerebro olvidará según los lea, pero que me provocarán el futil placer instantáneo derivado de cualquier saber inútil.

Este año, he experimentado momentos de mucho gozo de la mano de cuatro nombres propios:

Lo prometido es deduda: las medallas, para mis perrillos.
1. Andy Murray: esta persona me agrada muchísimo. Me gusta mucho como juega, es pelirrojo y escocés. Suficiente. Además se llevó la medalla ganando a Federer que es una persona que me aburre mucho.

¡Hasta la vista, chavalada!
2. Michael Phelps: por ser el nadador de nadadores y aún así, retirarse diciendo simplemente que quiere tener una vida y que estar tantas horas al día en la piscina es un coñazo. Bien por él.

Yo no corro, enriquezco.
3. Usain Bolt: ya he hablado dos o tres veces. Es simplemente una de las cosas mejores que se pueden hacer en la vida: ver correr a este tipo. Mandó callar a todos. Otra vez.

¿Y si somos los mejores, bueno y qué?
4. Dream Team: estos muchachos han sido, para mí, lo mejor de los JJ.OO. Juegan como putos ángeles, se lo pasan en grande, son divertidos fuera y dentro de la cancha (al loro con los Twitters de algunos de estos galansotes) y, por mucho que algunos digan, han hecho prueba de una educación y una deportividad a prueba de bomba. Absoluto fan de estos señores...

martes, 18 de agosto de 2009

IN BOLT WE TRUST


Carl Lewis y Ben Johnson se enfrentaban en el año 88 en los Juegos Olímpicos de Seúl. Yo iba con Ben. A muerte. No sé bien el porqué. Imagino que por llevar la contraria (todo el mundo estaba enamorado del hijo del viento), porque Ben me parecía más de verdad (tenía ese punto justo de chulería), porque sus salidas eran las de un toro al que le abren el toril (esos ojos inyectados en sangre), y, sobre todo, porque era canadiense (desde mi más tierna infancia, arrastro una clarísima inclinación por este país). Así que mis hermanas y yo nos levantamos ex profeso de madrugada (la de un sábado, si mal no recuerdo) para presenciar en tiempo real el mítico duelo. Pusimos el despertador (¿a las tres de la mañana?) para ver, con la legaña pegada, apenas unos segundos. Pero qué segundos. Y sí, sí, sí, venció Johnson. Una salida explosiva, unos reflejos dignos del más despiadado predador y una musculatura al rojo vivo. En la meta, ese dedo alzado mirando a Lewis, ese uno dedicado al chico listo de la clase. Oh, yeah! Me acosté feliz, feliz. Creo que ya entonces había desarrollado una fijación de la que no consigo desprenderme: que no siempre ganen los mismos, que no siempre triunfen los mejores, que no siempre se coronen los más listos, que no siempre se lleven el gato al agua los más guapos y que el reino prometido no sea siempre de los más altos. Justicia poética, me enteré luego que se llamaba la quimera. Triunfante aparecí el lunes en el colegio. Un 'ya os lo dije' colgando de mis labios. La satisfacción me duró un día. Creo que el martes ya se destapó el pastel. El canadiense iba hasta las cejas. Engaño y frustración. Humillación en las filas escolares. Siempre que veo correr los cien metros lisos me acuerdo de esa imagen. Siempre lo haré. Por los siglos de los siglos.



El verano pasado (sí, el de los Juegos Olímpicos, qué felicidad, ya sólo quedan tres para que vuelva a suceder, ay, qué bien, qué respiro, qué alivio); el verano pasado, pues, Bolt voló. Y ya lo escribí aquí, para mí fue EL momento 2008. Ni pelis, ni libros, ni canciones, ni nada. Usain corriendo, abrazando el aire y dejándose caer antes de llegar, y aún así pulverizando el récord mundial. Sobrenatural. Tocado por los dioses. Vi esa carrera una y otra vez. Tal era el placer que me provocaba. Una amiga decía que repetía a modo de mantra su nombre. Usainbolt, usainbolt, usainbolt. No sé si era un extraño conjuro, pero lo cierto es que sonaba bien. Y ahora, de nuevo. En esta ocasión, monsieur Bolt ha apretado -casi- hasta el final y ha vuelto a mandar a paseo otro récord, ese, el que, ante el estupor del mundo, había marcado él mismo en Pekín. Tan ricamente. Y me he puesto la carrera en repeat hasta quemarme las pestañitas. Bolt corre como un animal. Mientras los demás sudan, se esfuerzan, se tensan, controlan sus brazos para que tengan mayor penetración en el aire, mueven sus piernas como si fuesen robots aerodinámicos; Bolt lo hace como un felino, disfruta cada zancada, goza cada respiración. Vida en estado puro. Un suspiro de alegría. La celebración de la velocidad, de la superioridad de su velocidad. Tiene esa cosa que sólo tienen los animales, que parecen pegarse a la tierra cuando hace falta, elevarse si es necesario. Su cuerpo se mueve entero, de una pieza. Perfectamente armónico, maravillosamente coordinado. No es un amasijo de músculos, es uno. En estado de alerta. Mientras todos los demás dan la sensación de estar pensando en cómo mejorar la fórmula del viento, en cómo arañarle una décima de segundo al tiempo, concentrados en alargar su zancada, programados para optimizar sus movimientos y rentabilizar cada respiración; Bolt simplemente corre. De manera innata. Corre. Puro instinto. Y por eso resulta tan hermoso. Y por eso es tan emocionante. Y lo que nos queda...


Nota a pie de página:

Y cómo me gusta Murray. Ese juego que se gasta tan a lo Borg, de yo ni me despeino... Y conste que soy fan de Tsonga, esa explosión de persona, capaz de lo mejor y de lo peor. El otro día, uno de los comentaristas de la 2 en la retransmisión Murray-Tsonga lo clavó: clásica contra hip hop.