lunes, 29 de diciembre de 2008

AL OTRO LADO DEL ESPEJO


Las expectativas suelen ser sinónimo de decepción. Ahora, qué maravilla cuando aquellas se frustran para mejor. Domingo por la tarde. Filmoteca. "El misterio Picasso" de Clouzot. Lo que prometía ser un documental sobre el pintor se revela una pequeña y delicada obra de arte. Picasso ausente (salvo en dos o tres ocasiones, y tratado por el director de forma tan irreverente, y tratando su genio de una forma tan liviana). Sólo trazos.
A un lado, Picasso; al otro, la cámara. Entremedias, una tela semitransparente sobre la que Pablo iba garabateando. El resultado: cómo si se pintara directamente sobre la pantalla transformada en un lienzo inmaculado y gigante. Como si un pincel invisible fuera deslizándose, dejando líneas, manchas de color, siluetas. Y vemos cómo bajo un cuadro de Picasso, hay decenas. Vemos cómo se va haciendo, deshaciendo, quitando, poniendo, pegando, borrando. Un complejísimo proceso para normalmente llegar a la sencillez absoluta. Un alucinante y precioso work in progress. Cada cuadro, cada dibujo (la mayoría destruida tras la grabación), va acompañado de una pieza musical para la ocasión. Clásico, jazz o flamenco según corresponda.
Picasso y sus calzones apenas si aparecen. La palabra la tienen los pinceles. Pero cada aparición del malagueño es un derroche casi infantil de vitalidad, carnalidad, optimismo, ilusión y sencillez.

viernes, 26 de diciembre de 2008

LEER EN DIAGONAL

Qué emoción más particular produce la de recibir un libro que uno ha encargado. Ya sea vía postal o vía amistosa. El último me llegó de la segunda de las maneras. Comment parler des livres que l’on n’a pas lus?, de Pierre Bayard ( Cómo hablar de los libros que no se han leído, editado aquí en Anagrama). Con semejante título, tan provocador y políticamente incorrecto, no podía sino adelantar toda la cola de mis lecturas pendientes. El libro arranca, por cierto, con una cita de Wilde (empiezo a pensar que padezco manía persecutoria): “Nunca leo un libro del cual debo escribir una crítica: se deja uno influenciar tanto”.
Según iba pasando las páginas, pensaba hacer una entrada acerca de este curioso libro (que nadie se llame a engaño -expresión retro donde las haya-: este no es un manual de autoayuda, sino un ensayo, a ratos bien sesudo). Quiero creer que hay mucho de ironía irreverente en los postulados de Bayard y que su intención no es la de ensalzar la no lectura, sino la de desacralizar el, para muchos neófitos, arduo y terrorífico acto de leer. Potenciar la lectura a través de métodos un tanto sui géneris, a saber, que cada cual tiene su forma de leer, de recorrer un libro o de pasearse por él. Y que todas estas categorías de lector -o de no lector- tienen el mismo peso y el mismo derecho para opinar sobre un manuscrito: los que lo leen de cabo a rabo (según, el señor Bayard, los menos, debe ser que yo y unos muchos más no entramos dentro de sus ‘estadísticas’), los que simplemente lo hojean y los muchos otros (la mayoría, siempre según el francés) que se limitan a leer lo que otros han escrito sobre el texto en cuestión.
Pero a lo que iba, pretendía yo escribir un post sobre el libro, más a medida que avanzaba, se me iba complicando la cosa. ¿Cómo sintetizar en unos párrafos toda una teoría articulada en más de 150 páginas? Imposible. Así que recomiendo su lectura (íntegra, a retazos, o inventada) a los que alguna vez se hayan preguntado si se puede considerar leído un libro que han por completo olvidado, a los que no entiendan que la memoria de sus lecturas esté hecha tan a retazos, a los que se desesperen ante la imposibilidad de compartir sus lecturas y el recuerdo de éstas con sus parejas o amigos, a los que veneren u odien el papel de la crítica literaria, a los que coleccionen anécdotas (como que Valéry era un consumado no lector o que el ferviente lector Wilde era, sin embargo, un devoto defensor de la no lectura), a los que necesiten razones para no atreverse con alguno de los ‘clásicos’, a los que simplemente quieran reflexionar sobre el hecho de la lectura, a los que languidezcan y se torturen ante la idea de todo lo que les queda por leer.

Tras haberlo leído, sólo puedo decir que Bayard me ha obligado a pensar, me ha indignado, me ha hecho reír y me ha entretenido (pero si sale hasta Bill Murray ilustrando una de sus teorías...). Cómo hablar de los libros que no se han leído es la obra de un cínico con recursos o de un sofista profesional. Hay que cogerlo con pinzas, pero cogerlo al fin y al cabo, aunque sólo sea por polemizar con uno mismo. Bayard olvida algo fundamental: que si muchos leemos, no es para impresionar, sino por el mero e indescriptible placer de la lectura per se. Dice Bayard, “leer es quizá y sobre todo olvidar”. Puede, pero, ¿y qué? No importa lo que se olvida, importa lo que queda, por mucho que sólo sea una inasible sensación flotando. Cada lectura nos ha hecho ser, nos hace ser, y nos hará ser lo que somos. Y, finalmente, monsieur Bayard (a la sazón, profesor de literatura francesa en la Universidad de París), detrás de su ingeniosa cortina de humo, usted no me engaña: sólo alguien que ha leído mucho y a conciencia, es capaz de escribir un libro así; sólo alguien que se ha tirado -parafraseando a la Duras- días enteros en los libros, puede entender un texto con sólo echarle un vistazo. Me temo que para ser uno de sus no lectores hay que haber sido un feroz, sino enfermizo, lector (puede que incluso para seguirle a usted en sus disquisiciones haya que serlo).


Notas a pie de página:

Al hilo, recomiendo el entretenido Cómo cambiar tu vida con Proust, de Alain De Botton. Encierra la sabiduría de Proust sin tener que emprender la magna hazaña de leerlo (aunque con Marcel hay que atreverse: merece la pena). Por cierto, el último libro de De Botton, La arquitectura de la felicidad, es una maravilla: rezuma serenidad.
Y, por supuesto, Cómo leer y por qué, del genial Harold Bloom (aunque sólo sea por su prólogo introductorio).

miércoles, 24 de diciembre de 2008

IN MEMORIAM


No sé qué fue antes si la película o el libro. Creo que fue primero la pantalla y luego el papel (orden que, por mi experiencia, resulta ser el adecuado o, al menos, el que ahorra bastantes decepciones). De la película recuerdo el bonito blanco y negro, la presencia increíble de Gregory Peck que fue (lo supe luego, leyendo a Harper Lee) el mejor Atticus Finch que uno pueda imaginar. Y los niños. Y una tristeza inmensa y emocionante. Luego el libro, del Círculo de Lectores. Con un bonito dibujo en la portada. Una cama estrecha. Horas delante de aquellas páginas. Cuando había un examen al día siguiente y estabas supuestamente estudiando. Cuando los libros eran la mejor manera de ver, de escuchar y de viajar. De descubrir, en suma. Recuerdo que lloré. Hay poco libros que (me) produzcan tal efecto. El otro día leo que se ha muerto Robert Mulligan. El director de Matar un ruiseñor. Me viene algún fotograma a la memoria. Intacto. Revisando su filmografía, me doy cuenta de que no he visto casi ninguna de sus películas. O quizá sí. Quizá son de esas que echaban en la tele y no recuerdas, de esas que al vover a ver y según va transcurriendo el metraje, encienden luces en tu recuerdo. Diminutas conexiones. Pequeños chispazos. Sí vi la última. Verano en Louisiana se llamó aquí (Man in the moon, en verdad. Nunca he entendido esa maldita manía de retorcer y distorsionar los títulos hasta hacerlos casi irreconocibles. Me parece un entretenimiento de lo más perverso). Reese Witherspoon adolescente. Y me vienen otra vez escenas a la cabeza. Lumínicas. Fue una tarde estival de hace 17 años en los cines Ideal con dos amigas del colegio. Me quedo con la sensación de suavidad que me dejó. Adiós, mr. Mulligan.

lunes, 22 de diciembre de 2008

EL CONTADOR DE HISTORIAS

Que si es un facha, que si ¿qué es eso del último director clásico sobre la faz de la tierra?, que ¿qué siginfica lo de director de oficio? No sé. Ni idea. Sin meterme en consideraciones garcianas, tengo que reconocer que El intercambio no me ha parecido ni tan mal (sí, a pesar de Angelina Jolie). Pero, claro, a mí es que Eastwood como director suele parecerme bien. Al menos las que he visto, que no son ni de lejos, todas. Mystic River me gustó. Incluso Million Dollar Baby. Y, por supuesto, Sin perdón. Ya las Banderas me aburrieron un mucho. Y las Cartas, otro poco, aunque no tanto. A posteriori, todas tienen peros (incluso, alguna durante; incluso, alguna, muchos). Imagino que en el arte de contar bien una historia suele entrar el de saber hacer trampas (esas que luego y con la discusión, se convierten en peros, pequeños o gigantescos). Pero cuando veo las pelis de Clint me llevan, me hacen llorar y me emocionan. No puedo, ni quiero evitarlo.


Notas a pie de página:

Si me dicen que el anuncio del muñeco Nenuco de estas Navidades se rodó hace 50 años, me lo creo. ¿Qué mensaje es ese?

Más malas noticias: para la nueva entrega de Batman, se rumorea que Robin será interpretado por Shia LaBeouf (¡!) y el villano por Eddie Murphy (¿?). Michael Caine y Christian Bale siguen (demos gracias...)

domingo, 21 de diciembre de 2008

NO DESCONGELES LA NEVERA CON UN BOLÍGRAFO*


La vi hace mucho tiempo. Cuando no sabía que Tom Waits era Tom Waits; ni Raúl Juliá, Raúl Juliá; ni Frederic Forrester, Frederic Forrester; ni Harry Dean Stanton, Harry Dean Stanton. Natassja Kinski, sí. Y Coppola, también.
Corazonada pertenece a esa categoría de películas -categoría quizá inventada por mí porque suele sucederme- que TIENEN que gustarte (películas de culto las llaman) y que finalmente y en resumidas cuentas suelen ser un rollo. Esta no. Corazonada es disfrutable de principio a fin. Mágica. Maravillosa. Teatral. Cómica. Luminosa. Preciosa. Diferente. Un moderno e irónico cuento de hadas con una estilizada estética adorablemente kistch (arrancaban los ochenta...). Una hermosa y agridulce fábula musical sobre el amor. Un sueño. Ya se lo decía el propio Coppola a su equipo: “Si dudáis entre hacerlo realista o bonito, hacedlo bonito”.

Hasta ahí la película. Acto seguido, vuelvo a verla. De nuevo. Entera. Esta vez, con los comentarios del director. Sencillamente magistral. Coppola siempre me ha caído bien. Porque es un genio, un visionario, un soñador y un megalómano. Porque es tenaz en su temeridad (empeñó bienes personales y los perdió por terminar Corazonada; y después, después le tocó vender su estudio Zoetrope y se pasó de los 40 a los 50 pagando deudas: siete películas en siete años tratando de tapar los agujeros tras asumir tanto riesgo). Porque está loco. Y porque algunas de las ‘intrahistorias’ de sus rodajes son tan buenas o más como las películas en sí (recomiendo el libro Con el corazón en tinieblas, escrito por su mujer Eleanor Coppola, durante la infernal filmación de Apocalypse Now).

Los extras de Corazonada, para verlos. Todos. Fascinantes los entresijos de la filmación (¡la manera en que la cosa se le va de las manos a Coppola que pretendía hacer una película ‘sencilla’!). Formidable la revolución que supuso a nivel técnico para la industria del cine. Increíble la creación de la fábrica de sueños Zoetrope a imagen y semejanza de los viejos y familiares estudios de los años 30 y 40 (Coppola siempre ansioso de trabajar con SU clan, o en su defecto, de fabricarlo para la ocasión). Emocionante cómo los empleados aguantan sin salario, convencidos de que todo saldrá adelante y que hay que seguir con la corazonada y hacerla real. Dramático el desenlace final: Corazonada fue un descalabro, ni el público, ni la crítica la quisieron; herida de muerte, sólo estuvo algunas tristes semanas en cartel (Francis decidió retirarla unilateralmente)... Todo esto, por no hablar del brillante capítulo dedicado a un joven y guapisimo Tom Waits.

Corazonada: un hombre y su sueño.


Notas a pie de página:

- Quiero una chapita como la que sale en uno de los extras: “I believe in Francis C”.
- No entiendo por qué a muchos de los fans de Moulin Rouge no les entusiasma Corazonada. La pesadísima pesadilla estética de la Kidman y el pobre Ewan es deudora (aunque no le haya cundido demasiado) de esta obra maestra de Coppola. Y, hablando de ‘homenajes’, el director confiesa algún que otro ‘robo’ en Corazonada (la primera escena, sin ir más lejos, está ‘fusilada’ de Ciudadano Kane). “Róbales a los mejores”. Francis dixit.

(Y qué partidazos esta temporada de la Liga ACB).


* La frase que da título a esta entrada pertenece a una de las canciones de Waits para Corazonada.

jueves, 18 de diciembre de 2008

MY WAY


Nunca he sido fan de Wong Kar Wai. Salvo la mágica "In the mood for love" (incluso con su irritante repetición de escenas de lluvia a cámara lenta), siempre he encontrado al director chino demasiado relamido, esteta, artificioso, impostado, manierista y afectado para mi salud. Todo tan estudiado que termina pareciendo una mariposa pinchada en la pared. Hermosa pero sin vida. Vaya pues por delante que no comulgo con la sensibilidad wongkarwainista.

"My Blueberry Nights" es como una montaña rusa: sube, baja, remonta ligeramente de nuevo, se hunde en los abismos, para elevarse justo al final. Vaya mareo. Y yo sin Biodramina.

Mientras la noria gira, cosas pasan por mi cabeza:
- Wong Kar Wai se gusta demasiado. Como tantos otros directores, se ha flipado consigo mismo y con su universo. Esto beneficia poco o nada la película.
- El casting de actores es malo. No veo los personajes, sólo un desfile de celebrities: Jude Law, Norah Jones, Natalie Portman, Rachel Weisz o ¡Cat Power! Se salva el bueno de David Strathairn, al que como a Michael Caine, resulta imposible hundir.
- Jude Law cada vez se parece más a Jose Coronado
- A Natalie Portman le sienta rematadamente mal el rubio
- Parece que contar una sencilla historia de amor ya no es suficiente. Lástima...

martes, 16 de diciembre de 2008

TAPIROFLEXIA


Hay libros que por un motivo u otro te saltan a la cara. El sábado uno se salió de su estantería en la librería en la que andaba husmeando. Porque era precioso, porque estaba editado por Reino de Redondela (ese invento tan divertido y decimonónico del señor Marías) y porque lo firmaba Richmal Crompton. El libro en cuestión se llama Bruma. Y no es gran cosa (lo mejor son los apéndices finales que no forman parte del libro sino de la “leyenda” ideada por Javier Marías y sus secuaces). Historias de fantasmas que se dejan leer y punto. Pero no importa. Cualquiera que haya crecido con Guillermo Brown tiene una deuda eterna e impagable con Richmal Crompton. Cualquiera que haya enterrado su naricilla una y otra vez en aquellos libros de tapas brillantes y rojas de la Editorial Molino, papel un poco amarillento, tipografía tan bonita e ilustraciones siempre un poco mal impresas, sabe lo que significaron aquellas historias aquellos días. Cualquiera que haya pasado largas tardes en el cobertizo con los “proscritos” Douglas, Enrique, Pelirrojo o el perro Jumble (y cito de memoria, nada de Google) amará por siempre jamás a esta autora de la cual no se sabe casi nada salvo que inventó uno de los mejores personajes de la literatura infantil. Guillermo era irónico, rebelde, divertido, y con un punto anarquista. Maquinaba sin cesar, se reía de todo e inventaba cada día a su medida. Todos queríamos ser él. Ninguno queríamos parecernos a Humbertito, a Ethel o, peor aún, a alguno de sus pretendientes. Estábamos nosotros y estaban ellos. Me recorrí no pocas tiendas de caramelos buscando el famoso agua de regaliz que Guillermo y sus muchachos bebían hasta la indigestión. Un día lo encontré. Era una especie de cantimplorita de plástico. Del color del regaliz rojo. Lo compré. Le di un sorbo. Ni era regaliz, ni estaba bueno. Pero mereció la pena. Por unos momentos me sentí un proscrito.