
Domingo tarde. Decidimos ir a ver Oceanworld en 3D. Me encantan las pelis de bichos. No lo puedo evitar. Me gusta ver animalitos en la pantalla, mecido (yo, no ellos) por una maravillosa, cadenciosa y modulada voz en off. De vez en cuando, me chiflan los documentales sobre la fauna y la flora en una sala de cine. Me relaja y, qué demonios, me emociona (Tierra me hizo llorar a moco tendido). Así que el plan era simplemente perfecto. Azul, agua, peces, tortugas, una pantalla gigantesca, domingueros... Pero, ay, ay, ay, resulta que los tres periódicos consultados estaban errados en lo que al horario de la película se refería. El resultado: caras de desconcierto frente a la ventanilla. Un rápido vistazo a la cartelera, y por diferentes cuestiones, una sola opción factible: El secreto de sus ojos. Bien. Había oído tanto y tan bien de ella que tampoco me pareció mal cambio.
La cosa empieza y yo me digo: 'bien'. Y luego: 'uy, uy, cursilada al canto'; pero no, el propio director se ríe de la posible cursilada. Bien. Me relajo y pienso: 'venga, venga, que esto va...' Paso por alto algunas cosas que me taladran el oído y me desgarran el ojo. Y así hasta un punto en el que ya no puedo más. Y tengo que reconocer(me) que me está pareciendo un horror, un aburrimiento, una cosa rocambolesca, una sucesión de despropósitos, una cadena insensata e infinita de vueltas de tuerca, una blandurriada sin consistencia y sin gracia. Y así a más a más. Llega un momento en el que simplemente musito en silencio pero con amargor: 'que esto acabe YA, no más giros forzados de guión, no más falsos finales, no, no y no'.
Lo único que salvo de la quema (quema que sé me va a conllevar más de un post colérico: Campanella es un director que gusta -legión de fans se gasta- y El secreto de sus ojos, una película que encanta) es Guillermo Francella y su personaje, que me parecen -ambos- simplemente magistrales. Y, por supuesto, los argentinismos (si llego a saber que me iban a cambiar tortuga por mula, me llevo un cuadernito y una linterna y apunto todas las expresiones propias de La Pampa. Hay qué ver cuánto ingenio. Fan rendido).
Dice un amigo que Campanella es "cursi para un mundo cursi". Será eso. A mí, lo cursi, en general, me espanta. Así, a lo bruto, creo que lo cursi pervierte, resta, ensucia y envilece, imposta, roba la esencia de lo hermoso, descerraja lo puro, echa almíbar innecesario y se carga el encanto que pueda haber en la inocencia. Falsifica y falsea. Pero, reconozco que hay un tipo de cursilada (la que no es afectada y que en realidad es más moñerío y ñoñada que otra cosa) que me fascina, me embriaga, me enloquece y me convierte en Superñoño, el superhéroe más blando que la mierda de pavo.