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lunes, 23 de agosto de 2010

DE DOS EN DOS


















En mi maleta de verano había cuatro libros.
Dos que tengo a medias desde hace ni sé sabe. Y que han avanzado poco, muy poco, en la playa.
Y otros dos que alguien me dejó para que me los llevara de paseo. Y que han resultado ser parecidos sin serlo. Parecido totalmente casual: el prestador me había dejado uno de ellos para que yo ejerciera de negro de lectura, él aún no le había puesto la garra encima y yo iba a servir de cobaya (confieso que esta misión me pone tanto como me impone: desvirgar el libro de otro es una sensación un tanto extraña).
Ah, sí, claro, los libros: El cielo de cae de Lorenza Mazzetti y El ancho mar de los Sargazos de Jean Rhys. Ambos de mujeres, ambos sobre chicas, ambos sobre infancias, ambos sobre el peso aplastante de la religión, ambos sobre todos esos mundos que uno se crea cuando de pequeño y de alguna manera es perseguido y/o distinto (¿no es acaso y un poco lo mismo?), ambos divertidos, ambos tristes, ambos con una punta de dolorosa inocencia.

jueves, 18 de febrero de 2010

BUSCANDO EN EL BAÚL DE LOS RECUERDOS



Hace años, solía pasarme cada cierto tiempo por el Vips a rebuscar entre los libros de oferta. Y siempre encontraba algo. El viejo catálogo de Bruguera a un precio de risa. Joyas descatalogadas. Autores que llevaban sin editarse una vida... Así descubrí al dios Cheever. Crónica de los Wapshot y El escándalo de los Wapshot. Dos preciosos tochitos de Alfaguara que me compré vete tú a saber por qué. La intuición a veces funciona como un reloj. Entre todos los que adquirí por aquella época recuerdo otros tres con los que me hice en la misma tacada: Música para camaleones de Capote, El mensajero de L. P. Hartley y Que usted la duerma bien, señora de Jean Rhys. Al primero le tenía controlado. De los dos últimos, ni repajolera. El libro de Hartley me pareció glorioso y el de la señorita Rhys, espléndido. Fue hace mucho. En el año 92. Al menos así consta en la rúbrica de la primera página. Hace unos meses me llegaron El ancho mar de los sargazos y la inconclusa autobiografía Una sonrisa, por favor. Ambos editados en Lumen, ambos preciosos, ambos de una tal Jean Rhys. Mi cabeza se puso en marcha tratando de recordar de qué conocía yo a esa mujer. No lograba ubicarla. Sólo sabía que había leído algo, de relatos más concretamente, y que me había gustado. Repasé mis estanterías con calma (detesto que mi memoria se vuelva loca tratando de recordar; más, si puedo darle la solución). Y ahí estaba el volumen. En la colección Narradores de hoy de Bruguera. Amarilleaba ya. Así que puse Una sonrisa, por favor, el primero de la pila de libros a leer. Me hacía ilusión reencontrarme con, por lo que se ve, una vieja conocida. Me volví a recostar en la escritura de Jean Rhys. En sus memorias. Con su deje de melancolía (y, ay, cierto tufillo -soportable y muy difuminado, lo juro- a su coétanea Anaïs Nin -debía de ser la época-). Sin pretensiones literarias. Tan sencillo. Años enteros que pasan en una página. Y detalles insignificantes que se detienen en dos, fijados en el tiempo. Hay una especie de tranquilidad que emana de la escritura de esta mujer. Un ritmo sereno. Lo empecé en un tren. Lo acabé en otro. De cuando en cuando, la vista por la ventana.