
No se podía decir. Antes. No podías decir: "Pues a mí Sonic Youth me aburren como ostras". No. Los sufrías en silencio. Pero a mí, uy, me parecían un auténtico coñazo. Había canciones, claro que sí (y camisetas, me sopla una vocecita maliciosa). Y recuerdo que el Dirty me hizo algo de gracia. Y el Washing Machine, otra poca. Pero no acababa yo de flipar. No terminaba yo de reverenciarles. De participar de ese onanismo colectivo. Tenías que fingir el orgasmo. Y no decir ni mu. Chitón. No vaya a ser que te miraran mal, muy mal, remal. Como cuando dices: "Chaplin me parece un cursi y un pesado". Rasgadura de vestiduras. El muro de la incomprensión se levanta en torno tuyo y la sombra de la sospecha se cierne sobre ti. Desconfianza total. Caretos de atiloquetepasaesquenoteenteras(denada). Hay cosas que es mejor callar. Llevárselas a la tumba. Juas. Así que The eternal, el último de Sonic Youth, pues como que de primeras me daba un poco igual. Que ni fu, ni fa. Pero me insistieron. Escúchalo. Escúchalo. Hice una primera aproximación. Rápida incursión. Inmersión relámpago. De esas de coger un poquito de aire, cerrar los ojos, meter apenas la cabeza y salirse enseguida. Me desinflé. Muy rápido. Pensé: "Ay no, otra vez lo mismo". Esta mañana lo vuelvo a intentar. A un volumen intermedio. Y sí, sí, oh sí. Que subyugación. Que subidón. Que colocón. Dice un crítico que es "rock experimental para todos los públicos". Será por eso. Que soy carne de cañones asequibles. No sé. Pero de pronto alucino. Y alucino mucho más con que alucine. Un auténtico viaje. Ni idea de alrededor de qué o en qué dirección. Qué más da.