
La amabilidad y el sentido del humor son dos cualidades que cada vez aprecio más en la gente. Son sintomáticas de inteligencia. De una inteligencia bien entendida.
Hace unos días le leí el punto y final a Barbazul de Kurt Vonnegut, un prodigio de humor, y por consiguiente, de inteligencia.
El amable punto y principio: "Estamos aquí para ayudarnos unos a otros a pasar por esta cosa, sea lo que sea", Dr. Mark Vonnegut, M.D, (Carta al autor, 1985).
Reconozco con vergüencilla que hace muchos años leí Matadero 5 y no me pareció nada del otro mundo. Así que dejé al señor Vonnegut un tanto apartado de mis preferencias literarias. Tiempo después, bastante si la memoria no me falla, leí Un hombre sin patria. Y me convertí al vonnegutismo. Qué puntería la de Kurt. Cuando andaba yo absorto en el libro en cuestión, arrepintiéndome de mis pecados de juventud y jurando amor eterno, va mi nuevo ídolo y se muere. Me sentí tan circunspecto como culpable.
Un par de años después -ahora-, alguien me pregunta que si conozco a Vonnegut. Digo que sí -creo que me sonrojo, aún me siento responsable de lo que le hice a Kurt en mis años mozos-. A modo de respuesta, me deja en préstamo Barbazul. Y digo, y aseguro, que me entraron aún más remordimientos, Qué ingenio el de este hombre. Qué forma de disparar, de encadenar frases burbujeantes y para la eternidad. Te da un golpecito en la barbilla, y cuando vas a rascarte, un toque en el hombro, y otro en la nariz, y luego en el estómago, y una vez más en las espinillas. Sin pausa. No hay ni un momento de respiro. Brillante, divertido y chispeante. Qué ritmo. Qué inteligencia.
Padre, perdóname porque no sabía lo que hacía...