
Insultar bien es un arte. Hay insultos e insultos. No es lo mismo un idiota que un hijo de puta. No es lo mismo dicho con la boca piñonera que abriendo bien los labios y soltando la lengua. No es lo mismo. Y luego está el tempo. Claro. Un insulto, por muy leve que sea, dicho en el momento justo resulta más demoledor y efectivo que la más despiadada de las injurias emitida, oh, fuera de tiempo. Se siente. No entró. No computa.
De todos los insultos que en el mundo han sido, mi preferido es cretino. Por su sonoridad. Cretino. Porque sin parecerlo es altamente ofensivo (1. Que padece cretinismo. 2. Estúpido, necio//Cretinismo: 1. Enfermedad caracterizada por un peculiar retraso de la inteligencia, acompañado, por lo común, de defectos del desarrollo orgánico. 2. Estupidez, idiotez, falta de talento). Porque se utiliza poco y parece hasta fino. Cretino. Ah. Qué preciosidad.
Ahora bien, hay algunos otros que, por cómo y cuándo se dijeron, por quien los pronunció y cómo se tradujeron, me parecen sencillamente insuperables y me provocan ataques de hilaridad repentinos y de larga duración.
1. Por su contundencia.
El "cabrona" que Bruce Willis le espeta a María de Medeiros en Pulp Fiction, cuando ésta reconoce que ha olvidado el reloj de su padre en casa. En inglés, no tiene tanta gracia, pero ese cabrona ahí, en esas circunstancias, es de matrícula de honor del insulto.
2. Por el feliz encadenamiento de palabros.
El "cerdita grosera y desconsiderada" que Alec Baldwin le soltó a su hija por teléfono. Sucede lo mismo que en el caso anterior: en su idioma original, pierde todo el encanto. Pero, ay, es escuchar esa expresión en nuestro castellano y lloro de la risa.
3. Por lo gráfico y faltón de la imagen que producen de/en el insultado.
"John Rambo es capaz de comer cosas que harían vomitar a una cabra" me parece un ocurrente eufemismo de primitivo/pedazo de bestia/ser involucionado; una forma bien ingeniosa de designar a alguien como el buscado y nunca bien hallado eslabón perdido.
Michael Caine diciéndole a un tipo en Get Carter algo así como: “Ya casi había olvidado tus ojos. Siguen igual. Agujeros de meado en la nieve” es de un hijoputismo tan brillante que resulta casi poético.
Estos son los primeros que en uno, dos, tres segundos se me han aparecido. Ni mejores, ni peores que otros. Hay más, muchos más. Afortunadamente el campo del insulto es infinito. Tanto como puedan llegar a serlo las mentes de quienes insultan. Y eso, en ocasiones, es mucho más que mucho.
Nota a pie de página:
Me asalta una duda:
¿El uso de emoticonos no incrementa la sensación de estupidez que uno tiene de sí mismo? ¿No se siente uno mismo más tonto tras encadenar unos cuantos signos de puntuación que quieren ser una carita con significado? ¿Es una percepción individual o es una dolencia ampliamente generalizada y padecida?






