martes, 28 de octubre de 2008

AMO A ESTE TIO




He recuperado el "Baja Sessions". Se perdió en alguna mudanza. Como imagino que casi todo el mundo, descubrí a Chris Isaak de la mano del Señor Lynch (cuando éste último no se había vuelto loco del todo). Compré varios vinilos. En aquellas portadas, el señor Isaak era una mezcla entre un Chet Baker antes de su cuelgue definitivo y un Elvis Presley antes de su grasienta decadencia Mi madre siempre decía que cantaba como si llorara. Reconozco que tengo cierta querencia por la música que “ya me sé”. La música, quizá como ninguna otra cosa, consigue crear un estado de ánimo determinado de manera instantánea. Y cuando uno se pone tal o cual disco que ya conoce, lo hace con la secreta esperanza de dispensarse la misma emoción que en su momento le proporcionó. Un poco como en Blade Runner. Quizá por eso, a veces, voy tan despacio. Es tan difícil no acudir a los refugios que uno conoce y reconoce como suyos, que uno controla y domina. Como meterse algo cuyos efectos te sabes al dedillo. Últimamente y venciendo este censurable comportamiento, he descubierto (disculpas por el retraso) Okkervill River, The war on drugs, The Dodos, Devotchka, Etienne Daho, Lonely Drifter Karen y alguna otra cosa que olvido. Pero, ah qué bueno que es Chris... Pretty girls don’t cry...

1 comentario:

el brigadier dijo...

Fue hace muchos sanisidros, en la plaza Mayor, si mal no recuerdo. Le conocía de la película Corazón Salvaje, que aún era joven, y es que por aquel entonces todos los modernos, sin división, adoraban a David Lynch.

Desde la distancia se le veía apuesto y estaba constantemente cambiando de traje. Siempre esos trajes como dos tallas más grandes, de hombreras marcadas, y solapas redondeadas y con ribetes de distinto color.

En un momento dado, salió con un traje tachonado de innumerables espejos rectangulares. Vacilaba haciendo que se peinaba el tupé mirándose en los espejos de la manga.

Acabó el concierto con una montón de titis sobre el escenario. Esas mismas titis que nosotros no veíamos ni en pintura, él se las llevaba de veinte en veinte rumbo a la noche madrileña.

Ni le odiaba ni le envidiaba pero, lo que son las cosas, jamás compré un disco suyo.

Lo más desconcertante: su breve aparición como jefe de los SWAT en el silencio de los corderos.