
Lo grande de los Peanuts es no sólo su chispeante guión, sino también lo cómico (sin estridencias) que resultan los gestos, las muecas (esos niños siempre con cara de anonadados o de flipados), los ojos, los pies y las manos de todos y cada uno de sus personajes. Snoopy cuando estira el cuello, Peppermint Patty (mi favorita) cuando se queda dormida en su pupitre con la cabeza volteada y la boca abierta, Schroeder el pianista cuando se ataca a una pieza de Beethoven en su minipiano, Charlie Brown (ese eterno aspirante a looser con el que es imposible no sentirse identificado) cuando cierra los ojos en gesto de deseperación y su sonrisa se muta en una culebrilla...
Yo también crecí con el prejuicio anti-Peanuts y ahí se quedó mucho tiempo, hasta que un día husmeando en la librería de saldos de la Casa del Libro (lugar por el que conviene dejarse caer de vez en cuando), encontré los libritos de los Peanuts en su formato antiguo y a un precio de risa. Eché un vistazo y me llevé cuantos pude. Estuve semanas peregrinando allí para completar la colección. Cosa que, lamentablemente, no conseguí del todo. Y ahí fue cuando descubrí que de pijos nada, y de cursis menos. Hubo viñetas que me hicieron carcajearme hasta el llanto. Otras cuya lucidez me dejó en un estado de estúpida perplejidad.
Hace unos días, la Filmoteca (que algunas veces obra milagros) tuvo a bien proyectar A boy named Charlie Brown (la primera adaptación cinematográfica de los personajes de Charles Schulz). Hacía mucho tiempo que no disfrutaba (qué preciosidad la secuencia casi lisérgica en la que Schroeder toca una pieza de Beethoven), ni me reía tanto (buenísima toda la parte en la que Linus está al borde de la muerte por haberse quedado sin su inseperable mantita) en una sala de cine.
Nota a pie de pagina:
Hubo un momento inintencionadamente tronchante: la traducción en los subtítulos de 'field of grass' por 'campo graso'. Jajaja.