
Se apagan las luces. La pantalla se llena de rayajos y motitas. Formato cuadrado. Keep on rockin' (Little Richard) de D. A. Pennebaker (sí, el de Don't look back, el de Jimi plays Monterey...). Toronto. 1969. Un enorme Bo Diddley bailotea mientras le da lo suyo a la guitarra. Qué barbaridad. Menudo arranque. Qué derroche. Todo en un color desvaído. Como las fotos antiguas a las que les ha dado mucho el sol, o como esos tetrabriks que se exponen en los escaparates de algunos ultramarinos desde hace siglos. Todo muy sesentero. Melenas lacias. Torsos desnudos. Patillas. Flores y paz. Pañuelos de colores. Y porros. Y vino. La leyenda de Bo incendia a las hermosas hordas que bailan y ríen. La cámara mira las piernas de ellas. Y los ombligos. Y las caderas cimbreantes. A ellos, algo menos, las barbas y alguna carcajada. Luego entra Jerry Lee Lewis. Los botines, preciosos. El turno de Chuck Berry. Y la cosa se torna en absoluta y simple y viva felicidad. De la buena. Qué cara. Qué placer. Qué sencillez. Qué gusto de hombre. Los planos (maravillosos, por cierto) que habían danzado hasta ese momento entre público, músicos, instrumentos y pieles, se mantienen pegados al sudor de Berry, a su inmensa sonrisa, a sus ojos que hablan, a sus cejas que guiñan, a sus pies que dicen, a sus dedos que no paran. Ver tocar a Berry es puro gozo, pura alegría. Cae la noche. Little Richard con sonriseto riseto, pelucón de abuela senil, pantalones campana plateados y una túnica blanca de espejitos. A la primera de cambio (literalmente) pide que apaguen los focos en el escenario. El del bigotillo quiere negro, convertirse en una gigantesca bola disco, que sólo se vean sus reflejos reptando por el piano o contoneándose en lascivos quiebros. La fiesta termina en un inmenso happening. Una locura explosiva y contagiosa. Puritito desenfreno. Richard tronco al aire desgañitándose, un montón de musicazos fuera de sí y tres del público agitándose frenéticos al son del excéntrico, histriónico y egomaníaco arquitecto del rock and roll. Noventa y tres minutos de rock, rock, rock. Masticable, energético y sexual.
Nota a pie de página:
Sí, vuelven a repetirlo.
Y ya casi que merece -y mucho- echarle un ojo a la programación completa del Cine Estudio del Círculo de Bellas Artes (La mugre y la furia, Esta tierra es mi tierra o Joe Strummer: Vida y muerte de un cantante; entre otras).
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