miércoles, 25 de marzo de 2009

LA COSA


Iba a decir que no me gustan las películas de terror. Pero iba a ser una mentira. Porque iba a contar que en realidad no he visto casi nada de este género. Iba a confesar que este pavor incontrolable a cualquier cosa que salpique sangre es algo atávico, que me viene desde infante y que no ha mermado, en ningún caso, con el paso de los años. Iba a reconocer que no he visto La semilla del diablo, ni El resplandor, ni La Profecía. E iba a añadir, en un arrebato de osadía: "Ni pienso" (verlas). Y entre el 'iba a' y el 'hice', fui a ver Pánico en el transiberiano, no sin antes preguntar a fuentes sobradamente informadas y dignas de mi confianza: "Pero, ¿me va a dar miedo?" "No, no, imposible". Respuesta no satisfactoria. Ya me la han jugado en más de una ocasión. Fotogramas absolutamente inocuos para algunos, a mí se me han quedado en la retina volviendo una y otra vez para torturarme en las noches de luna llena. Auuu. "En serio, ¿no me va a dar miedo?", "Imposible. Ni siquiera a ti puede provocarte pavor". Correcto. Mucho más cuando comprobé que Pánico en el transiberiano llevaba colgando la tranquilizadora etiquetita de "serie B". No me importa que se sepa cuán pusilánime soy en materia de cine: me he ahorrado así no pocos disgustos y exasperantes insistencias. Con el confort que produce saberse al amparo del inquietante mal, allá que me fui. Sin crucifijos, ni ajos. Año 1973, rodada en los estudios Madrid y en la sierra de Navacerrada (a la sazón provincia china de Szechuan) por el granaíno Eugenio Martín, con Christopher Lee (¡!), Peter Cushing (¡¡!!), Telly Savalas (¡¡¡!!!) y Silvia Tortosa (¡¡¡¡!!!!), entre otros. Delirante. Deliciosamente delirante. La historia, a caballo entre la ciencia ficción y el darwinismo ("La evolución es un hecho, y no hay ninguna moralidad en un hecho" brama -en tono quedo, eso sí- Lee en una secuencia), tiene algo más que su punto (recordaría en algo a Alien si no fuera porque Gene Martin -aka Eugenio Martín- la hizo seis años antes que Ridley). La estética y la ambientación, tan maravillosamente acabadas, recuerdan las producciones de la Hammer. Los personajes son fascinantes, incluso los secundarios -¡ese santón pasado a las filas del mal en un tris!-. Los hallazgos técnicos, entre entrañables e ingeniosos. Puede que ésta sea mi cautelosísima entrada a un nuevo mundo. Con calma y pies de plomo. Tampoco hay que pasarse, que creo que los Gusiluz ya no se fabrican...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Es cierto, ratón

hay películas que no superas, como un catarro mal curado, que te duran lo mismo dos semanas que tres

hay películas que no superas hasta que otra película te da el antídoto en dosisfotograma -teníamos un trauma infantil con los vivos que se despiertan en un ataúd hasta que Uma La Novia lo rompió con sus propios dedos-

(me acabo de dar cuenta de que hacía años que no escribía la palabra ataúd, lleva tilde)

hay secuencias malditas, que se quedan clavadas en la memoria más terrible y de pronto vuelven en un hotel o en una pared de noche

tengo un amigo chino que dice que las paredes crujen más proporcionalmente al miedo

Algunas películas marcan definitivamente un lugar o una ciudad

y ya nadie se lo pasará bien en Elm Street, delante de un espejo, en Texas, en Viernes, en la ducha, de camping con una cámara manual o visitando esa parte del Central Park que da al edificio Dakota

algunos turistas se hacen fotos, pero salen con cara rara

Francesco Dellamorte dijo...

El tapir es un miedica, yes, pero también una caja de sorpresas: ¿no viene ahora a reseñarnos una de las joyas del justamente menospreciado cine fantástico ibérico?
Pánico en el transiberiano la pasaron cuando "Mis terrores Favoritos", del gran Chicho Ibáñez Aterrador (por cierto, a ver cuándo acaban de darle el Goya honorífico -ejem- a todos los posguerros y se lo dan a él), y aún recuerdo los ojos en blanco y sangrantes de las víctimas del bicho, el Kojak bordando su papel de sádico capitán de los cosacos, la ejemplar y atmosférica secuencia del Rasputín zombificando a los cosacos muertos y, sobre todo, la genial pareja protagonista (y por una vez, no antagonistas): Peter Cushing y Christopher Lee, los PiliMili del cine de miedo.
Guardo como oro en paño el recuerdo de haber compartido sala con el eterno Christopher Lee. Fue hace unos añitos, durante uno de los Imagfic, en los (por aquel entonces) recien remozados cines Ideal. Era muy alto y muy digno. Impresionaba. El joven Dellamorte pensó en pedirle un autógrafo pero, sintiéndose un poco Jonatahan Harker, no tuvo huevos. Running scared.